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San Nicolas y la Abuela Rosita

1. INESPERADO ENCUENTRO


Mientras preparaba todo para regresar a Lima, finalizando mi última visita a Virú, tomé unos segundos para revisar el Facebook, la campanita intrigadora indicaba una notificación sin leer.

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Se trataba de una publicación de José Carlos, mi primo, promocionando su sabroso chancho al palo. Las fotos de la publicación, la sazón del parrillero y por supuesto, el recuerdo de ese sabroso chimichurri casero, motivaron en mí un acto reflejo que me ubicó tras el volante, camino a su encuentro.
Ya en el lugar, encontré a Davicho y su hermano, quienes llegaron previamente, atraídos también por la publicación. Me acerque a conversar con ellos, aprovechando que el chancho aún seguía sobre el ardiente carbón.
Entre anécdotas y recuerdos pasaron unos minutos hasta que José Carlos nos hizo unas señas para avisarnos que ya estaba todo listo.
Fue en ese momento que reparamos en las personas que estaban esperando y que presurosamente formaron una larga cola. Estuvimos tan entretenidos, que no nos percatamos de las personas que llegaron posteriormente. Así que seguimos conversando, pero esta vez formados en la cola, obviamente.
El parrillero tiene arte para cortar y servir el chancho, lo observaba a lo lejos mientras iba entregando uno a uno los platos, con ese inmenso carisma, jugando bromas o compartiendo con ellos sus secretos de cocción.
Davicho hizo su pedido para llevar, el cual entregaron al instante, sin embargo, se sentó a la mesa para hacerme compañía, valore mucho ese gesto y apresure el ritmo para no retrasarlo, que les puedo decir, el chancho al palo estuvo delicioso.
Finalmente, Davicho y su hermano se retiraron; tardé unos minutos en despedirme de mi primo.
Cuando me disponía a partir, un extraño se paró frente a mí y con cierta familiaridad me dijo: tú eres Carlos, ¿verdad?; lo quedé mirando con intriga, mientras revisaba rápidamente los archivos de mis recuerdos, tratando de reconocer su rostro. Ante mi evidente desconcierto, me dice: Soy Lener Castro.
Mi mente hizo un viaje veloz a mis recuerdos de infancia, cuando visitaba a mi abuela en San Nicolás durante las vacaciones de colegio, Lener vivía en la chacra colindante, solíamos jugar juntos cuando niños.
Me agradó reencontrarme con este amigo de infancia y en unos cortos minutos intercambiar información acerca de nuestras familias, lugar de residencia actual y la promesa de planear un encuentro futuro.
Lo que no me gustó, fue que no pude reconocerlo. Me pregunto, ¿Cómo hizo para reconocerme? Nuestros recuerdos mutuos se congelaron a la edad de 10 años, ahora tengo panza, menos pelo y muchas canas, ¿Será por eso que me abordó en forma de pregunta?

2. SAN NICOLAS


Los mejores recuerdos de mi infancia, son los días vividos en San Nicolás, un fértil valle ubicado entre una cadena de cerros y el rio Virú, esta historia data de algún tiempo atrás, cuando los caminos eran trocha, los vehículos escasos y aprovechaba las vacaciones de la primaria para ir a la chacra con mi abuelita Rosa y mi abuela María.

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Había dos formas de llegar a San Nicolás: en la "burra" o caminando por la ruta que lleva a zaraque.

3. UN VIAJE EN LA BURRA


"La burra" no era un animal, sino un ruidoso, viejísimo y oxidado microbús trompudo, de color blanco y verde oscuro, que cubría la ruta Virú - Huaca pongo.

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La burra salía de Virú a la 1 pm y retornaba al día siguiente; con la carretera rural y las paradas frecuentes a lo largo del camino, el viaje se tornaba lento. Ir al cruce de San Nicolás por esta vía tomaba en poco más de hora y media.
Cuando tenía todo listo, abuela María, pasaba por la casa de mis padres para avisar que los días próximos estaría en San Nicolás, no había teléfonos, así que ésta era la única forma de avisar. En ese momento me antojaba ir con ella, no había que convencerla mucho, siempre estaba dispuesta a llevarme, a quien había que convencer era a mi madre, pero una vez que tenía su permiso, tomaba rápidamente una mochila, metía unas cuantas mudas de ropa y me pegaba a la abuela.
Luego de ir por las cosas de la abuela, nos dirigimos al paradero cerca al mercado, allí estaba "la burra".
Al subir me percate del fuerte olor a kerosene que había en el ambiente.
¡Ten cuidado, el piso resbala!, advirtio la abuela; al tiempo que luchaba por sujetarme de los asientos para evitar la caída. El piso era de metal liso y le rociaban kerosene para cambiar el color oxidado del metal por un color oscuro; sin embargo, el piso recién regado se tornaba resbaladizo en tanto secaba. Cosas que sólo ocurrían en esos tiempos pues ahora no veo la conveniencia de rociar el piso del bus con combustible, solo por temas estéticos.
Elegimos lugar para sentarnos, los asientos eran rígidos como una banca de parque, elegí la ventana. Mientras esperábamos que se llene el bus, podía observar cómo iban cargando a "la burra". Los estibadores desfilaban con productos comestibles: arroz, azúcar, aceite, papas; eran subidos a la parrilla, también algunos electrodomésticos, nuevos y usados, los infaltables eran los animalitos: pollos, patos, carneros; que los vecinos llevaban para hacer la cría o para darle sangre nueva al corral.
Llegó la hora de partir, el temblor inicial y el rugido del motor le dieron vida a este cúmulo de fierros y empezó andar.
"La burra" aquel bus viejo que ya se jugaba los descuentos, no tenía una buena amortiguación, así que los baches nos hacían saltar del asiento de vez en cuando, aunque todos ya estaban acostumbrados. Los adultos conversaban acerca de sus experiencias agrícolas: de sus cosechas, plagas, remedios; de cómo estaban aumentando los animales; del nombre que le tocaba a su hijo de acuerdo al almanaque Bristol; con el ruido del motor todos debían gritar para hacerse escuchar, por lo que las conversaciones se fundían entre ellos.
Luego de pagar el pasaje y unas cuantas paradas, llegamos al cruce San Nicolás o como conocía a ese punto: “Doña Cleme”, por el nombre de la amiga de mi abuela que tenía su casa allí.
Al bajar, mi abuela tomaba un par de minutos para saludar a su amiga, pero nunca se detenía, simplemente gritaba fuerte su nombre y la Sra. Cleme respondía con un fuerte "buenas tardes mariquita", intercambiaban dos o tres oraciones mientras seguíamos caminando, nunca las vi detenerse a conversar sin embargo en ese corto tiempo, hasta saludos se encargaban o aprovechaban para dejar un mensaje para otra persona que posiblemente veríamos.
Continuamos nuestro camino a pie, la parte emocionante no era viajar en la burra, sino, cruzar el río, de acuerdo a la época podría estar seco, con poca agua o con carga media, porque cuando estaba cargado, nadie se atrevía a cruzar.
Cuando el río estaba seco cruzábamos sin preocupación, corriendo y deteniéndome a jugar con la arena empataba el paso cansado de la abuela.
Cuando el río estaba con poca agua, buscábamos una rama delgada que nos sirva de bastón y antes de cruzar, nos remangábamos los pantalones lo más que podíamos, aunque siempre terminaba mojado.
Cuando el río estaba medio cargado las cosas eran diferentes, la abuela me tomaba de la mano y se ponía del lado de la corriente de agua, yo cruzaba sujetando su mano y cubriéndome de la fuerza del agua con su cuerpo, esto era adrenalina pura, me quedaba en la orilla mientras veía a mi abuela volver a cruzar para pasar el costal con las cosas que traía.
Vaya trabajo que le daba a mi abuela, pero en ese momento no me percataba de ello.
Superado el río seguíamos caminando, hacia la casa de la abuelita Rosa, la mamá de mi abuela.

4. CAMINANDO A SAN NICOLAS


La otra forma de llegar a San Nicolás era caminando, no había colectivos, esta opción la tomábamos cuando nos visitaban "los nabos", mis primos, ellos vivían en Lima y tenían ese apelativo por el color blanco de su piel.

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Así nos juntábamos los primos y salíamos lo más temprano que podíamos para ganarle al sol, caminábamos hasta el cruce de Zaraque, donde ahora se ubica la comisión de regantes del mismo nombre, luego seguíamos derecho con dirección al cerro.
En el camino siempre había fruta en las huertas vecinas, las cuales eran discretamente saqueadas para aplacar la sed y el hambre; entre bromas, juegos, chistes, historias y adivinanzas llegábamos a las faldas del cerro.
"Para subir el cerro debes poner el peso de tu cuerpo hacia adelante, en cambio para bajar debes poner tu peso hacia atrás", me había enseñado el tío Damián hacía algún tiempo.
El camino del cerro es estrecho, para una persona a la vez, a un lado del camino está el cerro y al otro el despeñadero, por lo cual subíamos o bajábamos en fila india.
En la parte baja del cerro el camino serpenteante tiene menor pendiente, lo que te permite ir tomando ritmo, calentando el cuerpo. A medida que vamos avanzando la pendiente se hace más pronunciada por lo que cada vez cuesta más trabajo continuar subiendo.
La subida es pausada, deteniéndonos para esperar a los rezagados, descansando de cuando en cuando. A medida que nos acercamos a la cima, van disminuyendo las conversaciones, las risas y los silbidos, el esfuerzo reiterado y el cansancio logran que canalices tu energía sólo en seguir subiendo.
En la cima del cerro la fuerte brisa es reparadora, nos sentamos a la sombra a descansar, mientras apreciamos el bello paisaje: de un lado San Nicolás y del otro Virú.
La bajada es complicada, un paso en falso, es caída segura. Aun así, nunca pudimos contener las ganas de bajar corriendo: resbalábamos, caíamos, en ocasiones derrapábamos rumbo al despeñadero, pero solo era un sustaso con algunos raspones. Al minuto siguiente estábamos corriendo otra vez, en algunos tramos cortos el camino se divide en dos, incluso en tres y allí corríamos más a prisa para tomar la delantera.
Los gritos, risas y carcajadas se oían hasta la casa de la abuelita Rosa, quien nos observaba desde que estábamos en la cima.
Aunque a lo lejos solo se distinguen siluetas, era cotidiano que los lugareños observen con intriga y familiaridad a estas siluetas que se apreciaban bajando el cerro, se generaba expectativa podría ser visita para cualquiera de las familias del lugar. Nosotros sabíamos eso, por ello durante la bajada, nos deteníamos para gritar en coro el nombre de la abuelita, para avisarle que pronto llegaríamos, luego seguíamos corriendo hasta llegar al pie del cerro, cruzábamos a las ganadas el pequeño bosque de espinos, nuestra bulliciosa carrera hacia que las cuculíes partan despavoridas formando grandes bandadas.
Siempre prometíamos regresar a cazar más tarde, pero no nos deteníamos, al llegar a la primera acequia de regadío, teníamos cuidado al saltarla, sin embargo, nunca faltaba quien debido a un mal cálculo resbalaba y se daba un chapuzón involuntario.
Faltaba ya muy poco, unos cuantos metros, todos seguían corriendo, todos queríamos llegar primero a la casa de la abuelita Rosa.

5. LLEGAMOS


Advertida por todas las llamadas que le hacíamos desde el cerro, la abuela Rosa salía al patio a esperarnos mientras llegábamos corriendo hacia ella.

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La veíamos a lo lejos con su sombrero de paja mirando el horizonte, llevando con frecuencia su mano a la altura de las cejas evitando el brillo solar, tomando sus manos una con la otra, sonriendo y extendiendo los brazos, intentando abrazar a todos.
Luego de saludarla, nos íbamos al corral a ver el ganado: cientos de cabras y ovejas.
Carnero Los carneros, eran los más imponentes, parecían estar siempre molestos, a la defensiva. Su balado corto, grave, reiterativo y su mirada cabizbaja eran siempre el preludio a una certera cornada.
Ganado_caprino Mientras que el macho cabrío de barba pronunciada se mantenía siempre con la mirada altiva y casi despectiva a los demás.
Los pequeños cabritos y becerros en ocasiones eran destetados por sus madres con mucha premura, en esos casos abuelita Rosa ordeñaba una cabra, luego con una botella y un chupón improvisaba un biberón, para con mucha ternura alimentar a las pequeñas crías que así lo necesitaban.
Llevar el ganado a pastear era relativamente sencillo sólo debíamos abrir la puerta del corral y ellos salían sin prisa en dirección al gramalote, su lugar de pastoreo habitual. Sin embargo, había que tener cuidado con un par de cabras o carneros que tenían soga, a ellas había que atarlas cerca al pasto fresco, pues la abuela las identificaba como rebeldes, les gustaba dirigir al rebaño hacia los cultivos vecinos, así que una vez atadas las revoltosas el resto del ganado quedaban libres en el campo.
Caminábamos al lado del ganado en su corto trayecto al pastizal, atentos a los carneros que atacaban siempre al más despistado de nosotros.
El resto del día podíamos ir a cazar cuculíes, a pescar al río, trepar el cerro o bajar pacaes.
A las 5 de la tarde regresábamos para traer el rebaño, el secreto consistía en soltar a las cabras revoltosas y dejar que ellas guíen el ganado de retorno hacia su corral, ellas entraban solas, limitando todo nuestro esfuerzo a cerrar y asegurar la puerta.

6. LA ABUELA ROSA


La abuelita Rosa, es en realidad mi bisabuela, mamá de abuela María, pero desde siempre le decíamos abuelita.

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Ella vivía en San Nicolás, su casa, una modesta construcción ubicada en la cabecera de sus terrenos, rodeada de inmensas plantas de pacay, plátanos y guanabanos.
Cada vez que llegába a visitarla, me llamaba por mis dos nombres: ¿Carlos Enrique?, decía, luego de un fuerte abrazo, se sentaba conmigo y buscaba con desdén mis orejitas, mientras las acariciaba suavemente, me preguntaba por la salud de mis padres y hermanos.
Desde la puerta de su cuarto, donde usualmente se sentaba a darnos cariño, se podía oler los sabrosos plátanos manzanos que sólo ella cultivaba y eran completamente adictivos. Guardaba también: dulces, bizcochos, roscas acarameladas, que distribuía entre nosotros, parecía que siempre estaba preparada para nuestra visita.
La abuelita criaba más de un centenar de cabritos y ovejas que pernoctaban en un corral a un lado de su casa, lo cual era muy útil cuando ella tenía que asistir en el parto de sus animales, o curar sus heridas, en contrapartida, algunas noches los machos se peleaban entre sí a media noche, en un intento por determinar quién era el alfa, la abuelita elegía rápidamente al perdedor y lo condenaba sumariamente a dormir fuera del corral, sólito.
Frente al corral siempre había una gran ruma de coronta, esta servía de combustible para la cocina de leña, sin embargo, nosotros, los niños de ese momento, le encontrábamos otros usos interesantes: eran botes acorazados imposibles de hundir que resistían estoicamente las piedras que les tirabamos y a pesar de hundirse en forma momentánea, siempre volvian a flote. También las usábamos como pistolas mientras jugábamos a policías y ladrones; o se convertían en improvisados carritos en los bordes de la acequia, construíamos carreteras peligrosísimas al borde del precipicio; en fin, nuestra imaginación era el límite.
Los frondosos pacaes proyectaban su sombra durante los largos días de verano, proporcionando un lugar fresco para jugar a los trompos o las canicas con mis primos.
Por la noche, la oscuridad, era interrumpida por la inmensa luna, las estrellas y también por las historias de la abuelita Rosa a quien rodeabamos antes de dormir, la escuchábamos con atención, era común que nuestras risas interrumpieran la historia, pues la abuelita tenía mucha gracia para contarlas.
Dos veces por semana pasaba el panadero, un atento señor de sombrero de paja y bigote recortado, siempre vestía camisa blanca y pantalón negro, venia montado en su burro con dos cajas blancas llenas de pan, llevaba, además, unas alforjas multicolores con algunos productos básicos como aceite, arroz, azúcar para ofrecer a sus clientes. Fue el primer servicio a domicilio que conocí.
Abuelita Rosa sabía lo mucho que me gustaba el pan, por eso cuando pasaba el panadero, no dudaba en intercambiar unos kilos de maíz, un pato o una gallina, por una buena ración de panes para tres o cuatro días y algunos otros productos de consumo. Muchos años después me enteraría que esa forma de comercio se llamaba trueque.
Todas estas vivencias hicieron que visitar a la abuelita sea una parte importante de mi infancia, ahora regreso a San Nicolás con mi familia cada vez que visitó a mis padres, aunque ya no están mis abuelas, sigue siendo el mejor lugar para relajarme y ver correr a mis pequeños hijos; frecuentemente me reconozco en ellos cuando corren tras un barco de papel que se aleja en la corriente de agua o cuando se organizan con sus primos para subir el cerro una vez mas.
San Nicolás sigue manteniendo su esencia, la misma esencia que espero mis hijos sepan transmitir a su descendencia.

7. UN NUEVO DÍA


Mi día empezaba temprano, desde mi cama podía escuchar el trinar de los pajaritos, el sonido del agua corriendo en la acequia, los vecinos que pasaban y solo sabían saludar con mucha alegría y a viva voz.

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Todo esto me animaba a levantarme, había tantas cosas por ver, explorar y conocer.
Ni bien la saludaba, la abuelita Rosa se dirigía al corral de las cabras para sacar leche fresca, siempre iba con ella, se veía fácil eso de exprimir las ubres del animal, sin embargo, luego de intentarlo me di cuenta que como todo en la vida requiere cierta habilidad, práctica y persistencia.
Uhhh que rico desayuno, leche de cabra con hierba luisa, huevos fritos cuyo sabor opaca largamente a los huevos que llegan hoy a casa.
Los huevos de corral tienen otra textura, son más consistentes, de yema de color naranja intenso y por supuesto muy sabrosos.
Terminado el desayuno, iba con la abuela María, acompañándole en las labores del día a día. Primero al pozo que se encontraba cerca a los carrizales para traer agua en baldes, muy cerca de allí, en un terreno arenoso, estaban los camotes, solo era cuestión de escarbar con las manos, era muy fácil, mientras escarbaba, iban apareciendo los camotes de diferentes colores, aunque no había otro más rico que el camote morado cocido en el rescoldo de la cocina.
Regresábamos cargando el agua, los camotes y la hoja de camote que servía de alimento para las aves y cuyes.
Durante el almuerzo, el caldo de gallina, una delicia, la abuelita Rosa tenía su arte en la cocina, súmenle a ello cocina de leña y gallina de corral.
Recuerdo las papitas pequeñas cocidas con cáscara y su fideo cabello de ángel, mientras describo esto, siento el olor de ese caldo, me observo sentado a la vieja mesa de madera con los rayos del sol iluminando la cocina, el olor a leña, la sonrisa de mi abuela....

8. UN ENCUENTRO CERCANO


Cierta mañana me encontraba jugando a la sombra de los pacaes, frente a la casa de la abuela, este lugar estaba limitado por dos acequias de regadío, cruzando una de ellas con dirección al pequeño huerto, había un viejo tronco.

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Cada año que volvía, lo encontraba más seco y más deteriorado por las polillas, al punto que ya parecía ser solo cascaron.
Ese día en particular, me encontraba jugando muy cerca de este tronco, entonces cruce la acequia y me anime a girarlo, no me costó trabajo, pues como intuía, era un tronco viejo y fofo; sin embargo, lo que había bajo el tronco captaría mi atención rápidamente.
Era una pequeña serpiente, delgada de aros de colores: rojo, blanco y negro; su piel brillaba, me quedé quieto, asustado, quería soltar el tronco y salir corriendo.
Al poco tiempo, mi miedo se fue disipando poco a poco, al ver que la pequeña serpiente estaba al igual que yo, inmóvil.
Fui soltando el tronco lentamente, ahora ya con mis manos libres intenté huir lentamente, sin embargo, la quietud de la pequeña serpiente y sus intensos colores pudieron más.
Quedé largo rato observándola y creo que fui entrando en confianza, venciendo mis temores, poco a poco muy lentamente me fui acercando, empecé a extender lentamente mi brazo con la intensión de tocar la pequeña serpiente.
Cuando me encontraba ya muy cerca de lograrlo, un fuerte grito me trajo de vuelta al presente: Carlos Enrique!!!, grito mi abuelita Rosa. ¿Qué haces allí?.
El grito nos asustó a ambos, la pequeña serpiente desapareció entre los matorrales y yo di un salto, al salir de aquel trance y corrí hacia mi abuela.
Le conté sobre la hermosa “culebra” que había visto y como casi llego a tocarla. Mi abuela, inmediatamente mandó retirar toda la maleza que estaba del otro lado de la acequia. Fue el final del viejo tronco.
Los peones me dijeron que había visto una "chaquira" así le llamaban a ese tipo de serpientes, sin embargo, nunca volví a ver otra serpiente igual.
Serpiente Con el pasar del tiempo y la llegada del Internet, un día me animé a buscar a este tipo de serpiente y encontré una exactamente igual a mi recuerdo, son serpientes del género Micrurus, viven en la costa peruana y tienen diferentes nombres: Chaquira, Coral, Coralillo, Chaquirilla Coral y a pesar de ser pequeñas son muy venenosas. (https://www.redalyc.org/pdf/636/63614251014.pdf). Después de muchos años caigo en cuenta que mi vida pudo haber terminado ese día durante mi infancia, pero la abuelita Rosa me regalo, la oportunidad de crecer, de conocer a muchas personas, de formar una familia, de contarles esta historia.

9. EL JUMENTO


Debió ser media tarde, cuando junto a Chimo y Denis, nos animamos a caminar por los campos de la abuela.

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Mientras deambulábamos por la chacra, Denis nos comentó que había un Burro mansito que podíamos montar para pasear y como éramos chicos, podíamos subir los tres a la vez.
Siempre preguntando de todo, desde pequeño me gustaba ir a la segura, interrogaba a Denis sobre: - ¿Cómo debíamos montar? - ¿Y si el burro es chúcaro? - ¿Si se larga a correr como lo detengo? Chimo simplificó todo: no te preocupes, me dijo, yo sé, montaré primero para controlar al animal.
Nos dirigimos entonces en dirección a donde se encontraba atado el jumento, el plan era sencillo, primero subiría Chimo, yo lo haría luego y Denis al final.
Con ayuda de una soga, Denis improviso una jáquima para tener cierto control del pollino, luego se paró frente a él para que no avance, mientras Chimo subía al lomo, no tenía apero, la montada era "a pelo" nomas.
Le costó cierto trabajo el animal era algo grande para nosotros, cuando finalmente lo consiguió, tomó las improvisadas riendas y le ordenó que se detenga: ¡Ooh, oooh, Oh burro!, le decía.
Yo, lo seguía pensando, buscando alguna excusa para no subir, sin embargo, ya todo estaba encaminado.
Chimo se dio un par de vueltas cortas a trote, era dócil el jumento. Eso bastó para entrar en confianza, a esta altura ya estaba reclamando por subir, no tenía idea de lo que sucedería luego.
No pude subir por mis medios, Denis tuvo que ayudarme, sujetándome como pude logré subir, una vez allí dimos un par de vueltas cortas a trote.
El burro es más trotón que el caballo, su caminar golpea más, poco a poco fui aprendiendo a compensar el equilibrio para mantenerme arriba sin sujetarme de Chimo, para no hacerlo caer.
Bueno, faltaba subir Denis, como ya sabíamos que era difícil subir uno solo, buscamos acercarnos a una piedra que sirva de apoyo.
Mientras nos preparábamos, Denis no paraba de reír, nosotros empezamos a sospechar algo. No pasa nada dijo, traigan al burro para montar.
Chimo y yo nos pegamos hacia delante para hacer espacio. Denis nos esperaba parado sobre la piedra.
Cuando nos acercamos, Denis seguía riendo, nosotros lo observábamos con cierta extrañeza. Entonces se inclinó sobre el burro en un ademán de subir, sin embargo, solo se pegó al animal para poner su mano en el lomo, cerca de la cola y con un certero pellizco le arrancó pelo al burro.
El burro salió disparado, gatillado por el dolor, corriendo a todo trote, al tiempo que Denis caía al suelo, riendo a más no poder.
Chimo tiraba con fuerza de la jáquima, intentando detener al burro, ensayando una voz grave gritaba: ¡zoo!, ¡zoo!, ¡¡¡zooo!!!, sin éxito.
El burro saltaba mismo potro salvaje, queriendo deshacerse de nosotros, corría de un lado a otro, cambiando de dirección en forma brusca, yo trataba de mantener el equilibrio, pero mi cuerpo se fue inclinando hacia la izquierda, cada vez más.
En un intento por volver a equilibrarme, me sujete de Chimo, pero ya era muy tarde.
El tiempo parecía detenido, mientras iba cayendo pude ver a lo lejos como ahora, cómodamente sentado… Denis seguía riendo.
Mi cuerpo cayó contra el suelo, me golpee las costillas y la cadera, cuando pretendía levantarme Chimo cayó sobre mi, por la espalda. Quedé tendido en el suelo.
Chimo, golpeado también, se incorporó y se sentó a un lado, mientras observábamos como se alejaba el animal a todo galope.
En ese momento, Denis dejó de reír y salió corriendo para sujetar al burro. Largo rato trató, pero el burro no le permitía acercarse, al final se cansó y regresó donde nosotros.
Un poco más recuperados, empezamos a reír todos, pero Denis estaba preocupado, el burro había huido y la abuelita Rosa le había encargado que lo ate a una estaca.
No tengo idea como hizo para recuperar al burro, Chimo y yo regresamos a la casa de la abuelita.
Denis regresó luego, cansado, muy tarde ese día.

10. DE CACERÍA


Como cada tarde de verano, esperamos que baje un poco el calor para salir a pasear por el campo. Bueno, pasear es un decir, en realidad, siempre estábamos buscando algo que hacer.

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Esa tarde, vino por nosotros Lenner y junto a Denis nos fuimos a cazar pajaritos.
Los tres teníamos nuestras hondas de jebe y badana.
Tomamos un tiempo para cortar por la mitad mi honda y ponerle un pedazo de tallo en forma de "y", así las usaban Denis y Lenner, como resorteras al estilo Bart Simpson.
Caminábamos por el sendero, uno a cada lado y el tercero, un poco más rezagado iba al centro del camino.
Íbamos atentos a todo, tratando de hacer poco ruido, nos comunicábamos por señas. Cuando encontrabas una cuculí, nos deteníamos, el disparo lo debía efectuar quien la vio primero, poco a poco el cazador de turno trataba de acercarse lo más que podía y disparaba.
Las cuculíes parecerían jugar con nosotros... Venían volando y se posaban despreocupadas a unos metros, se quedaban quietas mirando a la nada y permitían acercarnos, sin embargo, ni bien escuchaban el ruido de la resortera, intempestivamente arrancaban el vuelo.
Alcanzábamos oír con cierta pena, el ruido seco de la piedra chocando contra una rama y el aleteo repetitivo de la cuca alejándose.
Uno a uno fuimos derrotados esa tarde.
Junto a Denis intentamos justificar nuestro fracaso: "en la casa de la abuela hay gallinas”, "no cazamos para comer, es para probar puntería".
Entonces vamos por lagartijas dijo Lener.
De esas había un montón y se cruzaban a cada rato en el camino, sin embargo, rara vez se quedaban quietas, siempre cruzaban raudamente el camino y se perdían al interior de los cercos.
Seguimos con la "cacería por deporte", caminando hacia donde nos lleve el instinto, sin embargo, la tarde avanzaba y nuestras capachas continuaban vacías, cuando nos percatamos estábamos cerca al río, por los carrizales.
Denis nos guio por un lugar donde según nos dijo había visto un nido el día anterior.
A estas alturas habíamos entrado en desesperación solo queríamos regresar con un trofeo de guerra, por lo encontrar un nido incrementaba nuestras posibilidades de llevar algo a casa.
Mientras avanzábamos, Denis se detuvo a orinar, junto a un matorral de caña brava.
Lener y yo, cada uno a un lado del camino observábamos con atención las copas de los árboles en busca del nido.
De repente notamos que el silencio era interrumpido por un fuerte zumbido, al ponerle mayor atención notamos que el ruido se hacía más fuerte, instintivamente levantamos las miradas y ubicamos el origen de ese extraño ruido, era un inmenso panal de abejas ubicado unos metros en la copa de un árbol.
De manera instintiva, sin mediar palabra y en forma simultanea volteamos la mirada hacia atrás, con la intensión de regresar por donde vinimos.
Panal_de_abejas Grande fue nuestra sorpresa cuando vimos a Denis parado al centro del camino, con una amplia sonrisa y la resortera apuntando al centro del panal de abejas.
No lo dudamos un segundo, inmediatamente empezamos a correr en dirección a Denis, al tiempo que este soltaba la piedra que de manera certera impacto en el panal tirándolo al suelo.
Las abejas no hicieron distinción alguna, furiosas nos perseguían a los tres.
Corríamos a lo que nos daban las piernas, no podíamos detenernos, era cuestión de salvar el pellejo, sin embargo, en medio de la desesperación intentamos coordinar el escape.
Tenemos que separarnos, dijo Lener.
Vamos al río atiné a gritar.
Mientras corría sentía los pinchazos de las abejas: en la cabeza, espalda, brazos y piernas.
El río estaba cerquita, ni bien estuve frente a él me tiré al agua sin pensarlo.
El agua fría del rio alivio los pinchazos, sin embargo, sabía que las abejas seguían fuera del agua, acechando.
Traté de estar la mayor cantidad de tiempo sumergido, sin embargo ¿Qué va a pasar cuando se termine mi oxígeno?.
Fue entonces que emergí disparando agua con mis manos en todas direcciones, intentando espantar a las abejas y afortunadamente funcionó.
Cuando logre incorporarme por completo, observe que, a un lado del río, había una inmensa nube de polvo, al centro de ella estaba Denis, apoyado sobre sus rodillas, disparando arena en todas direcciones.
No había señales de Lener, él había optado por seguir corriendo.
Las abejas se retiraron, nos volvimos a reunir, al tiempo que contábamos las heridas de guerra y observábamos como nuestros rostros se empezaban a deformar con la hinchazón por los pinchazos recibidos.
Queríamos matar a Denis, pero las abejas no habían sido condescendientes con él, así que luego de superar el susto vinieron las risas y el regreso pausado y adolorido a la casa de la abuela.